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domingo, 25 de junio de 2017

RENTaCAR



Hay cosas que se llevan a cabo pocas veces en la vida. En mi caso, una de ellas es el alquilar un coche, operación que por lo general hago en caso de un viaje en avión para poder tener movilidad en el sitio que visito. Las personas vamos atesorando experiencias a lo largo de la vida, unas positivas y otras no tanto, y en este particular asunto las mías acumuladas hacen que me suba la bilirrubina a niveles peligrosos al ponerme automáticamente en modo pánico con solo pensar que tengo que alquilar un coche.

Realmente no han sido muchas las ocasiones en que he alquilado coches a lo largo de mi vida, ya que recuerdo haberlo hecho en Dublín, Edimburgo, Londres, Miami y la última en Houston, hace apenas unas semanas con motivo de un viaje por el sur de EE.UU. He visitado prácticamente todas las ciudades de Europa pero ha sido a base de hacer kilómetros con mi propio coche. En destinos locales he alquilado en varias ocasiones en Canarias. Da igual la compañía que elijas, el dolor de cabeza lo tienes asegurado y al final siempre acabas con la sensación de que te tienes que tirar a la piscina en la confianza de que hay agua, está templada y no hay tiburones, porque las sorpresas están aseguradas. Supongo que las personas que alquilen coches con más frecuencia se sabrán todos los trucos de la letra pequeña pero me temo que aun así las empresas seguirán en sus trece de generar confusión y miedo. En el contrato que me dieron a firmar en el último alquiler había TRECE páginas de letra realmente pequeña.

Los hechos que voy a comentar como colofón de esta entrada no me han sucedido solo a mí: en la web se pueden encontrar multitud de experiencias de otros viajeros que coinciden al milímetro. Por ejemplo, GOLDCAR en Canarias te carga una retención en tu tarjeta de crédito de unos cuantos euros si no contratas el seguro a todo riesgo, con lo que si no vas preparado con una tarjeta potente y con mucho crédito, te quedas sin dinero para las vacaciones. Con ello te ves sí o sí obligado a contratar el seguro a todo riesgo, lo que supone un coste extra que no habías previsto y de paso la compañía se puede permitir el lujo de entregarte un coche con algunos abollones y evitarse el tener que arreglarlo hasta que llegue la época baja. Todo son ventajas, para ellos claro.

Voy a anticipar aquí que me defiendo con el inglés, pero en un sentido. Soy capaz de hablarlo y que me entiendan pero no siempre soy capaz de entender lo que me dicen, especialmente si hablan rápido. Supongo que le pasará lo mismo a un extranjero que crea defenderse en español y se enfrente a un gallego, asturiano, vasco o andaluz hablando rápido y con deje. En el Reino Unido, cuando alquilas un coche, te empiezan a hablar del CDW, el «Collision damage waiver», del que hay varios niveles, franquicias y un mundo de triquiñuelas y tejemanejes en el que te ves envuelto y del que al final no sabes cómo salir.

Habiendo salido de mi casa un día a las 03:00 de la mañana y tras dos vuelos y más de 19 horas de viaje, llegábamos a las 22:30 hora española al mostrador de Hertz en el aeropuerto de Houston a hacer efectiva una pre-reserva que teníamos desde abril y por la que ya habíamos adelantado 376,91€. 

Nos tocó en suerte una empleada a la que conseguía entender a duras penas algunas palabras sueltas, por lo que tuve que rogarle varias veces, sin conseguirlo, que me hablara más despacio y más claro. Cansados como estábamos, hartos de viaje y con ganas de llegar al hotel, renuncié a la mayor parte de las ofertas que me hacía para mejorar el alquiler. Por no entrar en demasiados detalles si creí contratar un depósito lleno, que luego no lo estaba del todo pero la gasolina es barata allí, y cuatro días de doble conductor para que mi mujer condujera unos días en los que íbamos a hacer largos trayectos. Para remate, la «vendedora» me dice que no disponen del coche que he alquilado y que por un «pequeño» aumento diario me entregan un coche mejor. Supongo que accedí y procedió a confeccionarme una pre factura en la que podía verse la cantidad de 658,26€. Todo estaba en dólares pero lo convierto a euros por simplificar. Eran casi 300€ más de los 376€ inicialmente previstos pero, bueno, venga, acabemos esto de una vez, que estamos cansados y nos queremos marchar.

AL devolver el coche, la empleada que me lo revisó me ofreció un recibo en papel, lo que suponía un tiempo considerable, o el envío por correo electrónico del mismo, opción que escogí ya que el coche estaba bien, sin problemas y así me lo confirmó la empleada. Pasan los días y no recibo la factura, que tengo que reclamar, pero si veo el cargo en la tarjeta de crédito de 658,26€. Esa cantidad no era el total del que habría que deducir lo ya pagado sino que era el exceso. Resumiendo, de un alquiler previsto de 376,91 nos hemos ido a 376,91 + 658,26 = 1035,17€. Y esto solo en el coche. Una locura.

Han tardado una semana en poner a mi disposición la factura definitiva y eso porque la he tenido que solicitar. Lo que yo pensaba que era una «pequeña» diferencia por el cambio de vehículo, por no tener ellos el que yo solicité, ha sido en realidad una cantidad igual al alquiler inicial, 390 $, y en el asunto de los días de segundo conductor, no han sido los cuatro días solicitados sino TODOS los días del alquiler. Sumando, sumando, el «palo» que nos han dado ha sido de consideración. Claro, la culpa es mía por no saber inglés, bueno, el suficiente inglés para entender a aquella desaprensiva que estaba tras el mostrador de Hertz en aquel día y en aquella hora: mala suerte. Pero las compañías deberían de vigilar este tipo de situaciones, que se repiten con machacona frecuencia.

Y para que no se me olvide, hay que llevar una tarjeta de CRÉDITO con suficiente colchón, al mismo nombre del conductor y del que alquila, que si no estás listo, te quedas allí compuesto y sin coche. Las tarjetas de DÉBITO, simplemente no sirven en esto del alquiler de coches, al parecer.

Las denuncias por malas prácticas en esto del alquiler de coches proliferan en la red. El cliente está indefenso ante estas actuaciones abusivas que lejos de cuidarse y reducirse se van incrementando y fomentando. Yo me apunto para el futuro lo que he puesto en un «tweet» y que ha debido escocer un poco a Hertz porque están contactando conmigo. El texto era: «Aviso con @Hertz en otros idiomas: nunca decir YES o NO sin que te escriban en un papel la cifra que te están queriendo colar y la veas tu».

Y mucha atención, porque ellos disponen de tu tarjeta de crédito y la seguirán utilizando sin pudor y, lo que es peor, sin avisarte. Acabo de ver ahora mismo un cargo adicional de 26$ en mi tarjeta. ¿Una multa de la que no soy consciente? ¿Una limpieza extra del vehículo porque me dejé olvidado un bolígrafo en la guantera y lo consideran sucio?



domingo, 11 de junio de 2017

ANTIGUALLAS



En el estupendo curso monográfico seguido hace un tiempo en la Universidad Carlos III de Madrid sobre tendencias actuales en el mundo de la educación y que nos impartió mi admirado profesor Antonio Rodríguez de las Heras, nos hacíamos eco del comentario acerca de que los arqueólogos del futuro, cuando vayan a investigar lo que está sucediendo en la actualidad, uno de los sitios donde van a encontrar una muy variada información es en los basureros. Esto no es nuevo en el mundo de la arqueología aunque los tamaños y contenidos de los basureros en la actualidad si ha sufrido modificaciones sustanciales en los últimos años.

Ya en mayo de 2010 dedicaba una entrada al asunto de los «DESECHOS». Antes se producían con cuentagotas mientras que ahora suponen una cantidad ingente dentro de la cual sorprende, y así se trataba en el curso, la cantidad de cosas y aparatos en perfecto estado de funcionamiento, que han llegado al final de su vida útil por aburrimiento de su propietario y porque ha salido un modelo nuevo, mil veces mejor y que hace más cosas, con lo que de un plumazo el que teníamos pasa a ser una antigualla y acaba por un tiempo en el trastero y finalmente en la basura.

Los ejemplos son numerosos y además están propiciados y fomentados por las propias técnicas de venta –véase la entrada acerca de la obsolescencia de enero de 2011 que es cada vez más vigente– que nos convencen por las buenas o por las malas de abandonar aparatos que funcionan perfectamente. Muchos de los ya mayorcitos recordarán la irrupción del mundo del vídeo en los hogares. Tres sistemas competían por hacerse con el mercado, a saber, VÍDEO-2000, BETA y VHS. El primero era en mi opinión el mejor técnicamente hablando pero fue el primero en sucumbir en los inicios; yo mantuve un aparato y cintas durante años hasta que ya fue imposible y tuve que arrojarlo a la basura funcionando perfectamente. Poco después le ocurrió al sistema BETA, quedándose hasta hace unos años el VHS. ¿Quedan aparatos reproductores de vídeo VHS en los hogares? Yo hace tiempo que tiré el mío a la basura, tras haberlo tenido unos años en el trastero, junto con un montón de cintas con películas y cursillos de inglés. El sistema económico mató al vídeo y lo sustituyó por discos duros multimedia. Parecida suerte corrieron los tocadiscos de piezas de vinilo con los reproductores de CD, las radios de válvulas, los reproductores de casete o los amplificadores de sonido, por citar algunos cachivaches caseros que todos hemos ido conociendo, al menos en lo que llamamos el mundo occidental que es del que estamos hablando. Hoy la música suena en muchos hogares por altavoces inalámbricos que reciben información desde la «nube» controlados por la tableta, el ordenador o incluso el teléfono.

Las imágenes que acompañan a esta entrada son el amplificador y los altavoces del primer equipo de sonido que tuve en mi casa y que sigo teniendo. El amplificador, un AKAI 3900, fue adquirido de segunda mano en 1977 a Paco, un compañero de trabajo que se había comprado uno más moderno y actualizado. Cuarenta años lleva conmigo y me sigue pareciendo una maravilla, el tacto de sus mandos y las sensaciones cuando le pongo en marcha tienen un valor especial ahora que todo lo antiguo está desprestigiado y no sirve para nada.

Los altavoces son de la misma fecha. Yo debo tener el oído duro pero me parece que siguen sonando de maravilla, como el primer día. A buen seguro que los hay más pequeños, más potentes, con mayor tonalidad… pero recuerdo con cariño aquella tarde que me dirigí con mi buen amigo Javier, fallecido en su juventud, a la madrileña calle de Barquillo, la llamada por entonces calle del sonido, donde bajo sus indicaciones compramos los componentes para luego en casa montarlos, conectarlos al amplificador y escuchar simplemente emisoras de radio en FM con una calidad impresionante. La misma que siguen teniendo en la actualidad, que para mí es más que suficiente.

No cabe duda de que lo suyo hubiera sido sucumbir al marketing y los anuncios, llevar estos cachivaches antiguos al punto limpio, y comprar el último amplificador digital con mando a distancia, ecualizador, incorporado, filtros, canales, patatín y patatán y hasta con fabricador de cubitos de hielo si hace falta. Pero por el momento sigo disfrutando con mis antiguallas aunque he de reconocer que la alimentación que le llega por los cables ahora es digital y procede de un disco duro donde han quedado subsumidos todos los CD que tenía y que duermen en una caja en el trastero desde hace años. Tengo que ponerme las pilas y empezar a llevar estas cosas al mercado de segunda mano, aunque sea a un precio regalado, para evitar que con el paso de tiempo acaben en la basura y tenga que ser yo el que las lleve.




sábado, 3 de junio de 2017

CITAS



Mi relación con este asunto de las citas es de amor y odio. Por un lado echo de menos aquello de antaño de acudir a los sitios a la buena ventura, sin saber lo que te ibas a encontrar, dispuesto a entrar de corrido o por el contrario esperar la correspondiente cola en función de la gente que hubiera decido ir a la misma hora que tú. Pero esos tiempos han pasado y ahora todo se gestiona a través de la correspondiente cita, añado lo de previa, sin cuyo requisito no se te puede ni ocurrir aparecer por un sitio.

En estos últimos meses me he puesto «morado» de solicitar citas, debe ser que va por rachas. Antes de tener todas estas experiencias se me ocurrió aparecer por una oficina de Hacienda a hacer una simple consulta para saber si de verdad tenía que acudir presencialmente a una Oficina de Hacienda y ya el mismo vigilante de seguridad de la puerta de entrada, el que controla si llevas cosas o sustancias «peligrosas» me preguntó si tenía cita y como le dije que no, pues…media vuelta y a pedirla.

La solicitud de citas no siempre es sencilla. El mundo de internet ha aportado mucho a estos trámites y aunque cada empresa u organismo tiene sus entretelas, con un poco de paciencia es relativamente fácil hacerse con una cita en una fecha y hora concreta que nos venga bien. La otra alternativa que es la básica en la mayoría de los casos es el teléfono, aunque esta faceta la desconozco por no haberla utilizado nunca.

Esto de la cita previa tiene su ventaja pues permite organizar el trabajo y controlar de alguna manera la afluencia de público y evitar las aglomeraciones, siempre de forma «orientativa» como machaconamente te repiten por activa y por pasiva para que acudas, siempre, armado de paciencia. A mí invariablemente me acompañan mis lecturas, bien en el propio teléfono móvil bien en mi lector electrónico, de forma que puedo aprovechar el tiempo que sea menester sin tener la sensación de estarlo perdiendo.

Como decía, en los últimos tiempos he tenido que solicitar dos veces cita en Hacienda, —una para preguntar y luego otra para hacer el trámite—, una vez en la Dirección General de Tráfico y dos veces más en temas relacionados con el Ministerio de Sanidad. Y en este asunto, una de cal y otra de arena.

La cita con el médico de cabecera, al menos en Madrid, se puede hacer cómodamente por internet. Si no tienes una necesidad perentoria y puedes elegir el día, mejor es que elijas la primera hora, la primerísima hora de todas, al menos con mi médico. A pesar de la cita previa, que recordemos siempre es orientativa, cuando la cita ha sido a media mañana, he llegado a tener que esperar DOS horas a que me llegara mi turno, y eso sí, sin ninguna explicación. Por ello, pido la cita con tiempo y un día a primera hora siempre y cuando no tenga urgencia.

Pero la otra cara de la moneda ha llegado con una cita en un hospital para solicitar la consulta de un especialista. Este trámite, que yo sepa, no se puede realizar por internet y hay que acudir personalmente con el volante al hospital. Allí, en una máquina expendedora de tickets de turno, eliges el tipo de cita y te sientas a esperar. Como se ve en la fotografía, llegué a las 09:54 y tengo que decir que accedí al empleado que me iba a dar la cita efectiva con el especialista a las 10:45, es decir, 51 minutos de espera. ¡Menos mal que llevaba mi libro y había sitio para sentarse!

Pero ahí no acabaron mis males; fui informado de que concretamente «ese» especialista no tenía su agenda publicada, por lo que no podían darme la cita y me tenía que dirigir a la propia consulta para obtenerla allí directamente. Cuando te presentas en la puerta de la consulta, el típico cartelito de «No llamen ni entren, la enfermera saldrá periódicamente». Por no alargar más esta entrada, otros 22 minutos de espera hasta que salió la enfermera, la pude contar mi caso y me dio la cita ya definitiva y efectiva.

Como reflexión, cada maestrillo tiene su librillo, cada uno se organiza sus citas como quiere y puede. Pero se me ocurre pensar que al tratarse de organismos oficiales, no estaría de más que se pusieran todos de acuerdo y se pudieran obtener las citas de un modo centralizado, pero supongo que queda mucho trecho para llegar a esto si es que se consigue alguna vez.


sábado, 27 de mayo de 2017

MOROSOS



¿Soy moroso? No sabría responder con exactitud a esta pregunta porque lo que yo suponía que significaba este vocablo en realidad no es así. La escritura de entradas en este blog supone una oportunidad, una necesidad, de consultar el diccionario, una práctica que me resulta enriquecedora. Resulta que «moroso» significa «que incurre en, denota o implica morosidad», por lo que hay que buscar «morosidad» que a su vez significa «lentitud, dilación, demora, falta de actividad o puntualidad». Con esto, llamar a alguien moroso es incorrecto según los planteamientos anteriormente conocidos por mí y lo que habría que utilizar realmente es deudor moroso.

Repitiéndome la pregunta inicial esta vez bien formulada, ¿soy un deudor moroso?, no sabría contestar con exactitud. Yo no tengo conciencia de deber nada a nadie pero esto no significa que otras personas, o mejor entidades, me consideren una persona cabal y cumplidora en esto de los créditos, porque como veremos a continuación, este mundillo se las trae. Un marasmo de ficheros, informaciones, entidades, y aprovechados pululan alrededor de este asunto que suele ser desconocido para el ciudadano de a pie hasta que se ve inmerso en algo que ni entiende ni comprende. Ese ha sido mi caso esta semana.

Con motivo del alquiler de un coche para las vacaciones, la empresa que me alquila el automóvil me informa que puedo pagar los importes con una tarjeta bancaria de débito, pero adicionalmente es necesaria otra tarjeta bancaria, esta vez de crédito, para cubrir los posibles gastos adicionales que pudieran producirse durante el alquiler, tales como multas o similares. Durante toda mi vida, hipotecas aparte, he tenido la suerte de poder huir de los créditos, ya que he seguido las enseñanzas de mi padre de no meterme en charcos dinerarios si previamente no tenía el dinero ahorrado para afrontarlos, aunque esto signifique que soy un rara avis en el panorama actual, donde estar endeudado hasta las cejas es o que se lleva y te permite disfrutar aquí y ahora de cosas que pagarás en el futuro o ya veremos.

Con uno de los dos bancos con los que trabajo actualmente tengo una relación positiva y sin problemas desde hace más de quince años. En sus inicios me concedieron dos tarjetas, una de débito que es la que utilizo normalmente, y otra de crédito, de esas conocidas como «oro» que tenía un importe máximo, si mal no recuerdo, de cinco mil euros. Dado que no la he utilizado nunca, en algún momento hace años decidí por mi cuenta rebajar el máximo de crédito de cinco mil a seiscientos euros, por si acaso. La verdad es que la empresa de alquiler de coches no especifica cuanto importe máximo de crédito debe tener la tarjeta, pero pensé que podría venir bien el aprovechar la ocasión para subir un poco el crédito hasta mil quinientos o dos mil euros.

Hoy día todo se hace por internet, y más en ese banco al que me estoy refiriendo, INGdirect. Intento la operación por internet y… denegada. La intento por teléfono y… denegada. Me persono en una de las pocas oficinas que este banco tiene abiertas al público y la situación deviene en kafkiana. Mira que voy poco o nada por una oficina bancaria, las tengo pavor. El empleado que me atiende me informa igualmente que… denegada. Le hago ver mi trayectoria como cliente, mi saldo medio a lo largo de los años, mi operativa mensual, etc. etc., pero que si quieres arroz Catalina. No es posible. Fuerzo un poco la situación y le hago ver que esa respuesta me lleva, según mis planteamientos, a cortar de cuajo mi relación con ese banco, no me queda otra alternativa, no me puedo ir con un no por respuesta cuando creo honradamente que mis características de cliente me otorgan la capacidad de elevar el crédito a la cantidad que estoy solicitando. Al final consigo que el empleado, que me ve firme en mis planteamientos, vaya a consultar el tema a su superior, que viene a la mesa e interacciona mediante cuchicheos con el empleado que me atiende. Después de un rato de consultas en la pantalla que yo no veo, me dicen ambos que no, que no es posible, y la causa es que la política del banco no lo autoriza. ¿Quién es el banco? ¿Qué política es esa? Era como hablar a una pared, una pared muy amable eso sí, pero un verdadero frontón. Al final, cuando ya me marchaba, me dice como una confidencia que lo más probable en estos casos es que esté incluido en un fichero de morosos, lo que me deja estupefacto.

A base de consultar en internet he llegado a algunas conclusiones. Ficheros de morosos en España hay varios, controlados por empresas o entidades no precisamente oficiales. En teoría, «desde el momento en el que una persona es incluida en uno de los ficheros de morosos, la empresa que gestiona el fichero que recoge los datos tiene un plazo de 30 días para informar a la persona de su inclusión, a fin de que esta ejerza su derecho de acceso, modificación, rectificación o cancelación de datos». A mí nadie me ha avisado de nada, pero eso no significa que no esté incluido porque ya sabemos cómo «cumplen las obligaciones» las empresas. En teoría también, tengo derecho de acceso para ser informado de si mis datos están incluidos en alguno de esos ficheros. Pero eso, ¿Cómo se hace?, ¿Cuántos ficheros hay?, ¿Qué empresas los gestionan?

Ya estamos en la dinámica de siempre, el oscurantismo total y el proceloso mundo de los derechos y la forma de ejercerlos, que en muchos casos pasa por pasar por taquilla contratando los servicios de un despacho de abogados. De los ficheros a los que mi paciencia me ha llegado a atisbar, diré en justicia que solo a uno de ellos he podido llegar: ASNEF. Siguiendo el protocolo que he podido encontrar en internet, he realizado la consulta y me han respondido que no estoy incluido, pero con unos datos adicionales reveladores: las empresas y fechas que en los últimos meses han consultado mis datos, no estando ING en esa lista, por lo que deduzco que el rechazo al aumento del crédito no ha venido por mi inclusión en ASNEF, pero todavía quedan varios ficheros más, siendo uno de ellos el famoso RAI.

Reconozco que he empleado mucho tiempo sin conseguir una vía de acceso posible al resto de ficheros. Probablemente no haya tenido el suficiente tesón y no haya consultado los sitios pertinentes donde se cuenta cómo hacerlo, si es que existen, que ya empiezo a dudarlo. Lo que sí que se encuentran son numerosas páginas, algunas con apariencia de «oficiales» donde se ofrecen a hacer la consulta y posterior anulación de los registros en los diferentes ficheros si se demuestra que el apunte ha caducado o la deuda está extinta, porque, según comentan, las empresas se «olvidan» con frecuencia de anular el apunte entre otras cosas porque dicha anulación las cuesta dinero, con lo que el apunte permanece los seis años que en teoría tiene como tope para seguir figurando en el fichero. Pero… nada es gratis, con toda lógica.

Aparte de los costes, hay que hacer constar que te piden TODOS tus datos, incluida una fotocopia o imagen del DNI, y no siempre las pasarelas de envío aparecen como seguras o confiables, por lo que se te encienden las alarmas a la hora de facilitar TODOS tus datos, entre ellos los sensibles como el DNI o la cuenta de cargo del recibo. Algunas optan por funcionar a base de teléfonos de pago tipo 807, otras con tarjeta de crédito, PayPal, etc. etc.

Al final he seleccionado un sitio del que he decidido fiarme. He hablado por teléfono con ellos, me han dado confianza, aunque esto puede equivaler a que «me he dejado convencer o engañar» y he iniciado el proceso de consulta con ellos. El coste inicial de la consulta es de 25 euros y me han pedido disculpas por aceptar la imagen de mi DNI a través del correo electrónico, un medio totalmente inseguro, pero nadie, hasta ahora, les había planteado ningún reparo a sus procedimientos. Continuará…


domingo, 21 de mayo de 2017

ALCABALAS



«Hacienda somos todos» rezaba un antiguo eslogan que intentaba concienciar a todos los ciudadanos para que cumpliéramos escrupulosamente nuestras obligaciones con el erario público. Los años han ido pasando y diversas actuaciones de algunos próceres que se suponen debieran dar ejemplo con su comportamiento han ido convenciendo a todos que no somos iguales a la hora de pasar por taquilla y que cada cual se organiza como puede ajustando su código ético personal a su deambular económico. La corrupción está a la orden del día en nuestro país, por más que se empeñen en negarlo por activa, por pasiva y por plasma, y continuamente asistimos a actuaciones que pudieran ser correctas pero no éticas y que a buen seguro suponen la punta del iceberg de otro montón que no llegan a ser conocidas por el público.

No hay mejor defensa que un buen ataque y en ello se basaba el comentario de un político realizado días atrás cuando esgrimía el asunto de los pagos en negro, sin facturas de por medio, y por tanto escamoteando el IVA al erario público y por añadidura a todos los españoles que ven cómo se reduce el estado del bienestar sobre todo en temas de sanidad y de educación. Como se decía en uno de los eslóganes del diluido movimiento 15-M, «no hay pan para tanto chorizo».

Con ejemplos se entiende esto mejor. El esgrimido por el político aludido hacía referencia a los trabajos, vulgo «chapuzas», que profesionales nos hacen en nuestros domicilios; un fontanero que nos revisa la caldera de la calefacción o un pintor que nos adecenta la casa tras varios años. Pongamos por caso y para hacer números redondos que el montante de los trabajos realizados asciende a cien euros. ¿Con factura o sin factura? Si queremos factura, por aquello de garantías o posibles denuncias, estamos automáticamente asumiendo que disponer del papelito nos va a costar veintiún euros más que escaparán de nuestro bolsillo y nunca más se supo. Lo único bueno de esta acción será que de alguna manera estamos posiblemente obligando al profesional a declarar esta cantidad como ingreso en sus entendimientos con Hacienda. La alternativa, sin factura, es que nos ahorramos directamente esos veintiún euros que nunca vienen mal en las apretadas economías que sobrellevamos en estos últimos años.

Pero no solo ocurre esto en chapuzas caseras. Cuando tomamos un aperitivo en el bar, también estamos abonando impuestos por esa cerveza o vinito, impuestos que «no constan» y que son añadidos a los que ya pagamos por otros conductos. En algunos bares te dan un ticket en que al menos figuran los datos del establecimiento y el IVA que te están aplicando, pero en muchos de ellos, el camarero te lo canta a viva voz y santas pascuas, si te he visto no me acuerdo. En este último caso… ¿Cómo sabe Hacienda el número de cervezas y vinos que han despachado?

Lo primero que hago, cuando me levanto por la mañana, es mirar por la ventana a ver qué día hace —esto no tiene gravamen— y a continuación tomar un vaso de agua con el zumo de un limón y una cucharada de miel. Agua, limón y miel están gravados con el correspondiente IVA, así como la luz que empleamos en nuestra máquina de afeitar, nuestra pasta de dientes o el champú y el agua de la ducha. No sigamos por ahí, porque salvo el respirar —de momento—, por todo lo que usemos estamos aflojando el bolsillo.

Otro gallo nos cantaría si tuviéramos la posibilidad, en nuestra anual Declaración de la Renta, de adjuntar todos los tickets y facturas que hubiéramos satisfecho de forma que pudiéramos deducirnos la montonera de impuestos que minuto a minuto, día tras día, vamos pagando. Y por añadidura, y esto es lo más importante, Hacienda tendría constancia de los cobros de todos con lo cual podría cerrar el círculo de todas las transacciones que se realizan, hasta la de los aperitivos en el bar o la compra en el supermercado. Hacienda lleva años demostrando que tiene capacidad informática para manejar esto, pero otra cosa es que a ciertos estamentos sociales les interese esta forma de manejar los impuestos. Es mejor sacarlos de los combustibles o de otros sitios y no preocuparse mucho de adaptar a los nuevos tiempos un sistema tributario que hace aguas se le mire por donde se le mire.

La denominada «España profunda» sigue vivita y coleando. Hace unos años, en la entrada «PROFUNDA» de octubre de 2013 relataba un caso similar al que voy a relatar a continuación. Han pasado cuatro años y la vida sigue igual. En aquella ocasión era una localidad abulense y ahora es alcarreña. Vea Vd. el «papel» —no puedo denominarlo de otra manera— en el que nos mostraron la cuenta de la comida en un restaurante, no precisamente una tasca de pueblo a tenor de los precios, en los que el montante por persona ascendió a treinta y cinco euros. Guardo electrónicamente los tiques y facturas de los sitios por los que voy pasando y en este caso he tenido que añadir a mano el nombre del restaurante y el lugar porque no figuran por ningún lado. Lo único válido es la fecha y ni siquiera el nombre del camarero que nos atendió. Nada, un papelucho de mala muerte, un «comprobante», sin ningún tipo de identificación, ni de IVA, ni nada de nada. ¿Debería haber sido yo un ciudadano comprometido y exigir al restaurante una factura en condiciones y arriesgarme a montar un numerito? Y otra pregunta de más calado, ¿Pagará este restaurante la correspondiente alcabala a Hacienda por esta transacción? Respóndase Vd. mismo.


domingo, 14 de mayo de 2017

COCINEROS




Dado que son ya casi 10 años de escribir semanalmente mis cuitas en este blog que algunos temas son recurrentes, aunque siempre hay alguna cosilla que sorprende, para hacer de menos aquella famosa frase de «nihil novum sub sole» o lo que es lo mismo traducido «nada nuevo bajo el sol» atribuida a Salomón. Más recientemente se ha acuñado aquella de «dejà vu» que transita por similares derroteros. En enero de 2011 escribía la entrada «OBSOLESCENCIA» que sigue plenamente vigente, corregida y aumentada; he aprovechado para ver de nuevo el magnífico documental al que se hacía referencia y que sigue disponible en la página web de RTVE. Recomiendo su visionado de nuevo. Por cierto, el frigorífico al que aludía en esa entrada sigue plenamente operativo seis años después habiendo cumplido los veinticinco.

Otra entrada, más reciente, de septiembre del pasado año 2016, titulada «PISAPAPELES» trataba un tema similar en relación con mi teléfono inteligente, que no se debe decir «smartphone» según la FUNDEU. Comprado en diciembre de 2012 y con casi cuatro años y medio de funcionamiento a mi entera satisfacción, ha sido literalmente abandonado por el fabricante, Samsung, que ha dejado de tenerle en sus oraciones y por tanto de mandar actualizaciones de su software, Android, que quedó varado en la versión 4.4.2. Recientemente Google ha anunciado la versión 8 de Android con el apodo de «Oreo». En estos cachivaches electrónicos, ordenadores al fin y al cabo o hardware, el sistema operativo sufre continuas actualizaciones y mejoras que son aprovechadas por las aplicaciones de forma que se establece un lazo que acaba por asfixiar al propietario que se ve impelido a adquirir un modelo nuevo teniendo que desechar un aparato que funciona perfectamente. Aprovecho para decir que las palabras software y hardware, en cursiva, figuran como tales en el diccionario de la Real Academia de la Lengua Española.

Por diversas circunstancias personales y profesionales, han ido pasando los meses sin poder acometer el cambio que sacase del ostracismo mi terminal y lo pusiera al día en cuanto a la versión de Android que corre en sus circuitos. Nunca se está a la última y una posibilidad hubiera sido esperar a que estuviera disponible la anunciada versión 8 pero entonces entraríamos en el cuento de nunca acabar, por lo que he optado por instalar la versión actual, denominada Nougat, 7.1.1 que está bastante asentada.

Todo es cuestión de ponerse a ello con tesón y mucha paciencia, utilizando la abundante información que nos proporciona internet, aunque no siempre es fiable, por lo que es interesante leer mucho y contrastar opiniones antes de ponerse manos a la obra en cualquier iniciativa. Lo primero que hay que hacer es tomar el control de nuestro teléfono, una operación que en este mundillo se conoce como «rootear» o «hacerse root» de forma que podamos realizar cualquier tipo de operación de actualización sin ningún impedimento. Hay muchas maneras de hacerlo, en el propio teléfono, desde el ordenador o con app’s, de forma que lo interesante es ver y ver vídeos tutoriales en Youtube con las  numerosas opciones y decidirse por alguna de ellas.

Tras ello, hay que instalar en nuestro teléfono un manejador de ROM’s. Aprovecho para hacer una comparativa que quizá no sea muy acertada pero que se entienda: una ROM será a nuestro teléfono como un Windows o un Linux a nuestro ordenador, el programa principal o sistema operativo que tomará control al arrancar y gobernará el funcionamiento básico del aparato y de todas las aplicaciones y/o programas instalados. Tras ello, tendremos que instalar un RECOVERY, programa o app especializado que nos permitirá sacar copias de seguridad de nuestro teléfono e instalar las ROM’s seleccionadas. Todas estas operaciones las podemos realizar sin afectar al funcionamiento del aparato y son la base para poder acometer la operación fundamental: sustitución de la ROM, momento en el que habremos abandonado el paraguas del fabricante e iniciaremos nuestra andadura solos y sin protección. Si hemos hecho bien las cosas y hemos obtenido la correspondiente copia o backup, siempre tendremos, al menos teóricamente, la opción de volver atrás y dejarlo todo como estaba.

«Cocineros» es el apelativo con el que se conoce a aquellos programadores que se dedican a generar ROM’s tomando como base el sistema operativo Android «en limpio» suministrado por Google y añadiendo capas para controlar y hacer funcionar los diferentes modelos de teléfonos que circulan por el mundo. Casi todos son susceptibles de tomar este camino de independizarse, aunque pocos usuarios se meten en estos berenjenales, bien porque realmente no lo necesitan y se conforman con lo que tenga a bien decidir la casa fabricante bien porque no tienen conocimientos y no quieren perder o emplear tiempo en adquirirlos.

Yo me resistía a seguir varado en una versión antigua de Android por lo que he tirado para adelante y tras consultar, valorar y sopesar los pros y los contras, me he decido por instalar la ROMLineageOs en su versión 14.1, no oficial pero operativa para mi Galaxy Note II GT-N7100 y que contiene Android 7.1.1 Nougat. Tras tres días de uso y con algunas pegas por comparativa con el funcionamiento anterior, estoy doblemente satisfecho por haber puesto mi teléfono al día y haber abandonado la teórica protección de un fabricante que me quiere pero no con ese aparato sino para que compre uno nuevo. Como decían en la antigua Roma… «Larga vida al Samsung Galaxy Note II».




domingo, 7 de mayo de 2017

RENOVACIÓN




La cosa debe de venir por andanadas. Los seguidores habituales del blog habrán constatado que llevo una temporada teniendo que luchar con «TRÁMITES» y papeleos más o menos oficiales. Cada cierto número de años hay que renovar ciertos documentos y esta semana le ha tocado a los certificados digitales, una pieza de software muy valiosa y que familiarmente usamos con profusión en nuestras relaciones con estamentos oficiales, como Hacienda, Seguridad Social, Catastro y algún otro. Cuando te acostumbras a unas formas de trabajo digamos avanzadas, es muy difícil volver atrás.

Hay varias clases de certificados digitales oficiales, pero los dos principales a mi juicio son los de la F.N.M.T., Fábrica Nacional de Moneda y Timbre y el embebido en el chip del DNI electrónico del que venimos disponiendo los españoles desde hace algunos años y que últimamente ha sido mejorado en lo que se ha denominado DNI electrónico versión 3.0.

Por facilidad y comodidad de uso, no exenta de peligro si no se tienen en cuenta ciertos cuidados y recomendaciones, utilizo el de la FNMT. Para su obtención inicial hay que seguir unos sencillos pasos, que incluyen una visita física de la persona a un centro de verificación personal, como pueden ser oficinas de Hacienda o de la Seguridad Social y con ello se dispondrá de un sistema de identificación personal electrónica que funciona mediante su carga en un navegador de internet, de forma que podamos acreditarnos ante organismos oficiales y obtener documentos y certificados válidos en unos instantes y desde nuestra casa. A modo de ejemplo, yo obtengo mensualmente tanto de la Agencia Tributaria como de la Seguridad Social un certificado de estar al corriente de mis obligaciones tributarias que me es necesario para el cobro de facturas en las empresas en las que colaboro. En la Seguridad Social, por poner un ejemplo adicional, podemos obtener un certificado de nuestra vida laboral y de nuestras cotizaciones efectivamente realizadas en los últimos años.

Estos certificados electrónicos tienen que ser renovados en los dos meses anteriores a su vencimiento. Era una operación que ya había realizado sin problemas años anteriores, pero en esta ocasión ha sido un pequeño calvario que relataré a continuación. Posicionado en la página web de la FNMT para proceder a la renovación, utilizando un navegador de los aceptados, Mozilla Firefox, y verificados todos los requisitos que allí se mencionan, la operación solicitada no se puede realizar:

La operación solicitada no se puede realizar:

Lamentamos no poder procesar su solicitud con el certificado seleccionado ya que éste fue obtenido por medios que no requirieron de su acreditación física en una oficina de Registro (Art. 13 - Ley 59/2003, de 19 de diciembre, de firma electrónica). Si no dispone de otro certificado de los admitidos con el que acreditar su identidad, siempre podrá obtener su certificado siguiendo el procedimiento habitual en nuestra sede electrónica

No entiendo bien el mensaje porque yo ya hice en su día el trámite de mi acreditación física la primera vez que obtuve el certificado. Indago un poco en la ayuda de la FNMT y obtengo la siguiente aclaración

Error: La operación solicitada no se puede realizar

Si al intentar renovar su certificado de persona física le aparece el siguiente mensaje:

"La operación solicitada no se puede realizar: Lamentamos no poder procesar su solicitud con el certificado seleccionado ya que este fue obtenido por medios que no requirieron de su acreditación en una oficina de registro (Art. 13 - Ley 59/2003, de 19 de diciembre, de firma electrónica). Si no dispone de otro certificado de los admitidos con el que acreditar su identidad, siempre podrá obtener su certificado siguiendo el procedimiento habitual en nuestra sede electrónica."

Esto es debido a que está intentando renovar un certificado que ya proviene de una renovación online anterior, con lo cual no tuvo que desplazarse a una oficina de registro a identificarse. En la actualidad la ley establece que hay que identificarse presencialmente en una oficina de registro cada 5 años, con lo que solo se permite una renovación.

Parece que las cosas han cambiado desde la última renovación hace unos años y ahora hay un máximo de cinco años de uso del certificado sin realizar una acreditación personal en una oficina.

Bueno, no hay problema, me dirijo a una oficina de Hacienda y la primera en la frente: No se puede acudir sin cita previa. Obtengo la cita previa y vuelvo otro día, pero cuando estoy ante la funcionaria encargada me dice que necesita un número facilitado por la FNMT para proceder con el trámite. Le hago ver que no tengo número, que se trata de una renovación y que en la página web habla de mi presencia física en una oficina de acreditación, pero no se habla para nada de un número en el caso de las renovaciones, cuestión que sí es preceptiva en la petición de un certificado por primera vez. No hay manera de desbloquear la situación y me tengo que marchar sin poder resolver nada.

Tras mirar y remirar en la página web, me decido a tirar de teléfono para elevar una consulta al teléfono de ayuda que figura en la página. Pensando que iba a ser un calvario, me llevé una grata sorpresa cuando fui amable y profesionalmente atendido en mi consulta. Resulta que la renovación, cuando se da el caso de haber transcurrido más de cinco años desde la última acreditación presencial, es una figura que no existe. Lo que hay que hacer es solicitar el certificado como si fuera la primera vez, con lo que así si se obtiene el famoso numerito que te solicitan en la oficina presencial. Muestro mi extrañeza y el amable comunicante me dice que la obtención de un certificado «nuevo» para una persona física anula automáticamente los anteriores y que ese es el procedimiento que hay que seguir.

Y digo yo: ¿No podía aclarar esto en el proceso de renovación de modo que se ahorre tiempo en consultas, idas y venidas? ¿Cuántas personas estarán pasando por esta pérdida de tiempo?

sábado, 29 de abril de 2017

MICRORRELATOS



Hay mundillos que revolotean a tu alrededor sin prestarlos atención hasta que alguna circunstancia te incita a entrar en contacto y enterarte de qué va la cosa. Aficionado en gran medida a la lectura y algo a la escritura de forma modesta como pudiera deducirse de las entradas de este blog, nunca me había dado por asomarme al mundo de los concursos literarios. Las disciplinas que no son medibles me han procurado algunas insatisfacciones a lo largo de la vida y huyo de ellas como el gato escaldado del agua. Por medibles me refiero a que en los concursos, el establecimiento de los premios queda supeditado a los gustos de un jurado y por ello la objetividad y la subjetividad se entremezclan. Una disciplina medible sería una carrera donde todos los participantes salen a la vez y hay un juez, el cronómetro, que determina de forma fehaciente el orden de llegada. Pero en un concurso de pintura, por ejemplo, el ganador dependerá de circunstancias como la composición del jurado y las inclinaciones o gustos artísticos de sus miembros −y «miembras… jajaja»− que lo integren.

El domingo pasado, sin tener ni idea previa de qué iba la cosa, me acerqué a un concurso presencial de microrrelatos, palabra cuya definición extremadamente breve podemos encontrar en el diccionario de la Real Academia Española de la Lengua: «Relato muy breve». Pero, ¿Cuánto de breve? ¿Sobre qué tema? Estas preguntas y otras serían desveladas en los prolegómenos del concurso, por lo que un poco intrigado me decidí a participar. Como digo nunca me había acercado a este asunto y tras hacerlo supongo que la variedad de formatos será tan grande como las ocurrencias de las entidades que los convoquen.

En este caso concreto, la extensión del texto estaría comprendida entre un mínimo de setenta y cinco vocablos y un máximo de ciento cincuenta, incluido el título si existiera, ya que no era obligatorio. Los signos de puntuación no sumaban en el conteo. Te entregaban un sobre con un número, una ficha, un folio sellado con el mismo número que el sobre y un folio en blanco para borrador. En la ficha se rellenarían los datos personales y se introduciría en el sobre para garantizar el anonimato y no condicionar el fallo del jurado, compuesto por tres miembros que valorarían y puntuarían los trabajos presentados para establecer un ganador y dos accésits. El premio era de cien euros para el ganador y dos lotes de libros para los concursantes que obtuvieran los accésits.

Además de todas estas características, faltaba lo principal. ¿Tema libre? Pues no. En estos tiempos modernos en los que parece que el teléfono móvil es imprescindible para todo, una aplicación elegiría cuatro palabras al azar y esas cuatro palabras tenían que figurar al menos una vez en el texto entregado o en el título si se optaba por ponerlo, eso sí, con posibilidad de variación de género y de plural o singular. El organizador del concurso dijo aquello de preparados, apretó el botón del móvil y pronunció las palabras mágicas: «payaso, carta, manzana, pistola».

La veintena de concursantes que nos habíamos presentado nos lanzamos a desarrollar nuestros escritos en el papel borrador, contar, arreglar, corregir… en una carrera frenética para poder tener listo en esos 30 minutos nuestro relato y entregarlo en la mesa de organización, boca abajo para que en ningún momento se pudiera identificar. Parece que 30 minutos son muchos minutos, aunque tras las experiencia puedo asegurar que no, y eso que en mi caso me sobraron cinco tras pasar a limpio el texto que además tuve que modificar ligeramente para no sobrepasar y quedarme en los ciento cincuenta vocablos que como máximo se permitían.

En fin, toda una experiencia novedosa para mí, y muy enriquecedora, que arrojó como resultado el texto que reproduzco a continuación.

La entrevista

Una comunicación intrigante a través de un mensaje de wasap, nada de cartas clásicas por correo ordinario. John tendría que acercarse a una dirección para la entrevista, a una hora intempestiva por su nocturnidad. Ante él, un palacete mal conservado, con siglos y telarañas. Sus nervios le hacían voltear su fetiche, una manzana que guardaba en su bolsillo. Subió a la entreplanta indicada y golpeó la aldaba sin mucha convicción. Pasaron los minutos sin recibir contestación. Cuando ya se marchaba, los goznes dejaron escapar un chirrido y la puerta comenzó a abrirse invitándole a entrar. Sin mucho convencimiento, penetró en una estancia mayúscula, en una cierta penumbra. Por toda decoración un cuadro mostraba un payaso fluorescente y en una mesita baja había una pistola. No había nadie y la puerta se cerró como por arte de magia. Una voz de ultratumba le indicó: ¡Tome la pistola y siga!

No sé si a toro pasado es bueno volver a repasar mentalmente las cosas, pero es una cuestión que no puedo evitar hacer. Uno de los momentos más inútiles del concurso, en mi opinión, es el conteo de los vocablos empleados. Bien es verdad que es un tema que afecta a todos los concursantes, pero quita un tiempo y un error puede invalidar la participación. Supongo que cuando uno ya es veterano en este tipo de pruebas consigue saber más o menos la extensión por la ocupación en la página, pero eso no inhibe el proceso de conteo del borrador y el mismo proceso en la prueba definitiva. Por ello, se me ocurre que el uso de una plantilla facilitaría a los concursantes cumplir las bases en cuanto al mínimo y máximo de palabras y posteriormente al jurado verificar este extremo. He preparado una posible plantilla que puede verse en la imagen a continuación. Ahí queda la idea.


domingo, 23 de abril de 2017

TRÁMITES



Mira que llevo años rellenando instancias y papeles oficiales para renovar documentos, hacer matrículas u obtener certificados y no consigo acostumbrarme por lo que cada vez que me enfrento a una nueva aventura me entra la «papeleofobia», la bilirrubina se me pone a cien y veo fantasmas por todos lados. Ya hace no mucho hablaba de temas similares en la entrada «PAPELEO» y es que por mucho que avancen los tiempos y todo el mundo electrónico, el cumplimentado de la documentación necesaria supone para mí un esfuerzo y una preocupación que no consigo domeñar.

Por entrar en un tema colateral al asunto que nos ocupa hoy, me ha dado por investigar si existe una denominación técnica y precisa para esta fobia mía. Fobia es definido por el diccionario como «aversión exagerada a alguien o a algo» con lo cual y si no entramos en niveles o cuantificaciones, lo mío con el papeleo puede tildarse así. En internet, en el «wordreference» la explicación es más intensa y dice que se trata de «miedo irracional, obsesivo y angustioso hacia determinadas situaciones, cosas, personas, etc.». No me queda claro, al menos a mí, si el existente término «papirofobia» se refiere a una aversión al papel en general, con lo que no me sería de aplicación porque el papel me gusta, lo utilizo y lo disfruto o es más concreto y se refiere al asunto del papeleo en general. Por el momento y ante la falta de exactitud me quedaré con «papeleofobia».

En la página web «Orientacionemprendedores» hay un artículo titulado «10 consejos para vencer la fobia a los papeles y demás trámites burocráticos» que puede consultarse directamente en este enlace y que me ha parecido muy interesante y revelador. Son cuestiones por todos conocidas pero no está de más volverlas a repasar de una manera sistematizada como se hace en el artículo.

Pero vayamos al caso concreto. Hace unos días he tenido necesidad de obtener el permiso internacional de conducir para un viaje que pienso realizar a los estados juntos de norteamérica. No hace técnicamente falta, ya que el permiso de conducir español y por ende europeo es perfectamente válido, pero diferentes comentarios que he podido escuchar hablan de la conveniencia de llevarlo no vaya a ser que un sheriff de un pueblecito pequeño no tenga muy claro si el permiso que le muestras es válido y ya se sabe que primero actúan y luego preguntan. Con estas premisas y con la espada de Damocles del por si acaso, decidí obtener el mencionado permiso internacional, para lo cual hay que andar con… papeleo, y además presencialmente en una oficina de la DGT.

El mundo de internet facilita enormemente los trámites de obtener cita, de saber que documentación tienes que llevar, de pagar por adelantado las tasas, etc. etc. Manos a la obra; fui realizando pacientemente todos los trámites y me descargué de la página web oficial de la Dirección General de Tráfico el documento informativo detallado de los pasos a realizar y los documentos a aportar. Hasta aquí todo muy bien.

Buscando en el amigo Google por las palabras dgt, permiso, internacional y conducir se obtiene al principio y casi directamente (es este enlace) la hoja informativa con todo lo necesario. Solo es seguir paso a paso lo que allí se indica. Fácil ¿no? Pues… según se mire. Mi mujer me dice que leo y releo demasiado las cosas, pero solo es un intento de anticipar las situaciones y de tratar de minimizar los potenciales problemas en el momento de verte frente al «enemigo», ese funcionario sentado tras de una mesa que te va pidiendo y pidiendo papeles y más te conviene tenerlo todo preparadito y en orden si no quieres tener que volver al día siguiente.

Cuando escribo estas letras compruebo que la hoja informativa sigue igual que hace un tiempo, que no la han cambiado, con lo que no sé si lo que voy a comentar a continuación es un error, una dejadez o es que yo ya veo visiones.

El punto 4, como se puede ver en la imagen, describe el formato y tipo de fotografía que el solicitante debe aportar y que será la que quedará fijada en el permiso. He destacado con una lupa las medidas que allí se especifican para el retrato: 32x26 mm. No sé si a Vd., al leer estas medidas, se le han encendido las alarmas, pero eso fue lo que ocurrió en mi caso. En el mundillo de la fotografía siempre se ha dicho en primer lugar la medida horizontal y en segundo la vertical. Con estos parámetros… ¿nos están pidiendo una fotografía de retrato en horizontal? No tiene ninguna lógica, con lo cual entendí que las medidas solicitadas eran realmente 26x32 mm que se adecúa más a un retrato. Me puse a preparar la fotografía al mencionado tamaño gracias a las posibilidades actuales del «potochó» y las tecnologías informáticas y el resultado final resultaba realmente minúsculo, tanto que mi mujer me dijo que cómo era tan pequeña, ya que ambos íbamos a obtener el permiso. Mi respuesta no pudo ser otra que «es lo que dice el papel oficial de las instrucciones».

Personados en la mesa del funcionario correspondiente en la DGT, en mi caso funcionaria, cuando le entrego la foto me dice directamente que la foto que aportaba no era válida. Lo mismo dijeron a mi mujer pero ella lleva siempre otra en el bolso con lo que dio el cambiazo y siguió con los trámites. Pero yo no tenía otra, así que tuve que sacar de la carpeta que llevaba la hoja de instrucciones donde había subrayado las medidas haciendo ver a la funcionaria que yo me había extrañado pero eso era lo que ponían las instrucciones. Con razón o sin razón por mi parte, a punto estuvo de mantenerse en sus trece pero al final se debió de apiadar de mí, cogió la hoja y la foto y se fue a consultar a un superior. Volvió al rato diciendo que la foto no valía pero que iban a hacer una excepción…

Ante estas situaciones uno se queda con cara de haba. El que cumple las instrucciones es el que sale perjudicado y los «viva la virgen» ni se enteran de estas situaciones, porque llevan la foto que les ha salido del fotomatón o una que tenían por ahí de la última vez que se renovaron el DNI y salen adelante indemnes y sin preocupaciones. Ante estas situaciones uno ya no sabe qué hacer. Lo grave es que han pasado dos meses de esto y la DGT sigue ofreciendo una información errónea, claro, tendrán otras cosas más importantes de las que preocuparse, las cosas de palacio van despacio y por un atolondrado que llega con una foto minúscula no se van a poner a arreglar algo que a todas luces está mal, pero, ya se sabe, tampoco es tan importante.

Mientras estoy redactando estas líneas, ¡horror!, me llega por correo electrónico una documentación de ocho páginas con las instrucciones y trámites a seguir para convalidar los estudios de mi hija… Seguro que da tema para una continuación, y eso antes de leerlo.

                                        

domingo, 16 de abril de 2017

SemanaSANTA



El asunto de los calendarios tiene mucha enjundia y a lo largo de la historia de la humanidad ha estado influido por muchas causas, algunas de ellas naturales pero más a fondo por artificiales, si consideramos las religiosas dentro de esta categoría. En diciembre de 2015 dedicaba una entrada a este asunto titulada «CALENDARIOS» y no hace mucho leí un libro verdaderamente revelador e interesante titulado «El calendario», escrito por David Ewing Duncan y del que podemos ver una reseña en este enlace en el blog amigo de «A leer que son 2 días».

En estos días estamos finalizando la semana en la que en este año de 2017 ha caído la Semana Santa, una fiesta cristiana y que por lo tanto no se celebra en todos los países, sino en aquellos que profesen esta religión. Y digo ha caído porque como bien sabemos  las fechas son móviles y cada año ocurren en fechas distintas. Es muy curioso el cálculo y hay numerosa información a poco que nos pongamos a buscar en internet sobre sus orígenes allá por el año 325 en el concilio de Nicea y sobre determinadas características, entre las que sobresalen algunas como que la Pascua de Resurrección, que siempre será un domingo, no puede coincidir con la Pascua Judía, para evitar confusionismo entre ambas religiones. La base es que esta fiesta se debe celebrar en el siguiente domingo a la primera luna llena de la primavera, pero también hay discrepancias actuales en el día en que empieza la primavera, con lo cual al final es un galimatías. En todo caso y resumiendo, queda claro que… « la Pascua de Resurrección no puede ser antes del 22 de marzo (en caso de que el 21 y plenilunio fuese sábado), y tampoco puede ser más tarde del 25 de abril…».

Con ser una fiesta religiosa, su influencia va mucho más allá de este ámbito, afectando a otras muchas áreas de la vida actual, como pueden ser las económicas, académicas, sociales, etc. etc. Aún dentro de un mismo país, como España, diferentes regiones o autonomías manejan las fechas de Semana Santa a su antojo, lo que genera una cierta confusión en este mundo globalizado que se puede encontrar con festividades que no preveía. Por ejemplo, el jueves de esta semana es festivo en algunas comunidades españolas y en otras no, pero también con el lunes siguiente ocurre lo mismo. Esto es  bueno en cuestiones como el tráfico, pues diversifica el torrente circulatorio al manejarse fechas diferenciadas. Continuando con ejemplos, en Cantabria y en el terreno académico, los chavales han tenido colegio de lunes a miércoles y las vacaciones de Semana Santa las disfrutan en la semana posterior, con lo que no volverán al colegio hasta el 24 de abril, dejando el último trimestre en apenas dos meses escasos, mientras que el segundo ha durado tres y medio, aunque este sistema de trimestres ha sido abandonado por la comunidad cántabra que funciona con un sistema de semanas parecido al imperante en otros países europeos.

En este mundo globalizado, esta variabilidad de fechas debe de volver loca a más de una empresa. Supongamos que las líneas aéreas qataríes, por poner un ejemplo, ven a primeros de año que se incrementa exponencialmente la compra de billetes de avión en sus vuelos con destino hacia España un jueves de una semana aparentemente inocua y que el domingo siguiente ocurre lo mismo en viajes de regreso. En la actualidad supongo que las empresas manejan con eficiencia este tipo de situaciones, teniendo programados en sus plataformas informáticas todos los eventos mundiales contenidos en los diferentes calendarios existentes, pues recordemos que no todas las naciones se rigen por el conocido como Gregoriano, el que tenemos nosotros, sino que los de los chinos o mahometanos también son diferentes.

Cuando se hayan repuesto de la sorpresa de esta semana Santa tan tardía, dentro de quince días llega la festividad del 1 de mayo, esta sí mundialmente conocida y/o celebrada, pero que en una ciudad tan importante en el tema de negocios como Madrid irá seguida de la festividad regional del 2 de mayo, lo que supone un nuevo «puente» vacacional para los madrileños que pondrá la economía bajo mínimos de cara al exterior.

Nadie duda que la Semana Santa es tremendamente importante en sectores que nada tiene que ver con la religión, como es el turístico, pero cada vez se alzan más voces en el sentido de que esta variabilidad interanual no es buena ya que condiciona otros sectores de la vida que nada tienen que ver con la religión, como el ejemplo que antes hemos aludido de la cuestión académica. En otros países, el ordenamiento académico va por semanas, de forma fija, y cuestiones como Navidad o Semana Santa son accesorias y no tenidas en cuenta a la hora de programar los contenidos.

La diversidad es buena pero en un mundo tan interrelacionado puede obligar a las empresas y a los particulares a hacer encaje de bolillos con sus vidas. Tengo una sobrina que desarrolla el cien por cien de su trabajo en contacto con una empresa china. A ver si la veo y hablo con ella para que me cuente como ha lidiado en su empresa este asunto, si al final ha convencido a los chinos de que estamos aquí de vacaciones dos días, jueves y viernes, o por el contrario han sido los chinos los que la han convencido a ella de que se quede sin esos días libres y acuda a su trabajo como días normales. Y de paso le preguntaré por el dos de mayo, que es un poco más de lo mismo.



lunes, 10 de abril de 2017

DESCONFIANZA



Siempre que comienzo una entrada cuyo título comienza por el prefijo «DES» no puedo por menos que traer a mi memoria la entrada de este blog titulada «DESAPARCAR», escrita ya en un lejano febrero de 2008. En este caso el prefijo cobra su sentido más conocido y nos hace ver el significado de falta de confianza, es decir, falta de «esperanza firme que se tiene de alguien o algo» .

Una de las cosas que más echo de menos es el poder disponer de figuras de referencia en las que confiar ciegamente, entendiendo figuras en un sentido más amplio que el de personas e incluyendo a empresas u organismos. Retrotrayéndome a mi infancia y adolescencia, y sin mencionar a las figuras familiares, ciertos personajes como mis maestros sor Rosario, don Román o el sr. Medel, el cura párroco don Antonio, el director de la Caja de Ahorros don Andrés Pascual, el médico don Ricardo Ruiz, el concejal de deportes y practicante del pueblo —cuando se ponían inyecciones— sr. Ramos, mi compañero de oficina cuando contaba trece años don Nicanor Díez o mi jefe don Miguel Herranz y tantos y tantos otros… Eran personas en las que se podía confiar ciegamente y atender a sus instrucciones y requerimientos con la absoluta seguridad de que irían siempre en mi beneficio y en ningún caso pondrían el suyo personal por encima. A pesar del tiempo transcurrido recuerdo vívidamente sus nombres y su bonhomía en aquellos tiempos en que todo era precario y estaba por hacer.

Hoy en día uno desconfía hasta de su sombra y con esta espada de Damocles y esa carencia de referencias es imposible llevar una vida tranquila. Si vamos al médico y nos receta una determinada marca de pastillas para combatir el colesterol, primero las famosas «xxxinas» y posteriormente cuando la cosa se complica el costosísimo «Ezetrol», no podemos estar seguros de que eso sea lo mejor, pues incluso no diciendo que sea malo muy probablemente el galeno habrá escogido una determinada marca en función de las expectativas que el comercial del laboratorio le haya hecho llegar un tiempo antes, y ello sin entrar en el coste para la Seguridad Social, que en los últimos años se ha tenido que proteger del gasto disparatado retirando muchos medicamentos del sistema nacional de salud y dejando al ciudadano desprotegido.

Y así podíamos seguir. Maestros propios y de nuestros hijos que dejan mucho que desear cuando interaccionas con ellos y te das cuenta que no son trigo limpio, que muchas de las quejas que has oído a otros padres o alumnos tienen muchos visos de tener fundamento y sin embargo se ve cómo va pasando el tiempo y siguen en sus puestos protegidos por un corporativismo que espanta. ¿Vamos a confiar nosotros o nuestros hijos ciegamente en ellos? Como se dice ahora, va a ser que no.

El hecho de ostentar una posición concreta no otorga la fiabilidad como antaño. Ahora hay que ganársela. Traigo a colación el ejemplo de otra de las figuras mencionadas en la introducción: el cura párroco. Los tiempos han cambiado, es verdad, pero ahora la reputación hay que ganársela con actuaciones diarias que poco a poco van reflejando una forma de ser y de actuar. Un poco más arriba de un simple cura local… ¿es de recibo que un prelado retirado, por muy alto que haya sido su puesto en el escalafón, resida en un piso de 400 metros cuadrados y…?

Podíamos seguir con otro de los escenarios, el de los bancos y cajas de ahorro. Muchos mayores que han confiado en el director de la sucursal de toda la vida han visto como oscuros tejemanejes de cirugía financiera y productos tóxicos se han llevado por delante sus ahorros de siempre al seguir a pies juntillas el consejo y acceder a invertirlos en valores, cédulas o preferentes, mientras las cúpulas directivas de esas entidades se dedicaban a llevárselo crudo, legalmente o no, y además complementarlo con oscuras prebendas como por ejemplo las ya tristemente famosas tarjetas «black». Yo desde luego desconfiaría muy mucho de un empleado o director de una sucursal que me aconsejara cualquier operación financiera y procuraría documentarme en varios sitios, entre ellos la almohada y varias noches, antes de tomar ninguna decisión de la que luego me tenga que arrepentir.

Practicantes que vayan por las casas poniendo inyecciones ya no quedan prácticamente, pero el que yo conocí en mi adolescencia era además el concejal de deportes, actividad complementaria a su trabajo, sin cobrar un duro por ella y que le llevaba su tiempo en organizar lo poco que se podía el deporte local y rodearse de entusiastas que colaboraran de forma desinteresada en organizar o participar en eventos en unas condiciones más que precarias pues eso de los polideportivos y las pistas de atletismo estaba todavía por llegar;  el campo de fútbol, de tierra, era una pista de multi actividades donde cabían todas las posibles. Ahora, cualquier concejal en muchos pueblos, no digamos en capitales o ciudades importantes, se lleva a su casa dos o tres mil euros sin despeinarse, porque se dedica, al menos en teoría, en exclusividad a esa actividad, con lo que se hace la política una profesión bien remunerada para los tiempos que corren y las exigencias que le suponen y trata por todos los medios de seguir en ella por los siglos de los siglos. Como se dice, algunos políticos se subieron al coche oficial hace treinta y cinco años y todavía no se han bajado.

Podíamos seguir poniendo ejemplos pero estamos llegando a un punto en que ponemos en tela de juicio todo lo que nos llega, venga de donde venga. Ni el propio presidente del gobierno, con mucho poder pero ninguna autoridad, es capaz de convencernos de que las cosas van bien porque nos ha engañado tantas veces que si en algún momento dice la verdad no va a ser creído. Es el peligro que tiene este deterioro que hemos ido alcanzando en los últimos años en muchos por no decir todos los estamentos sociales: hay demasiados casos conocidos, y otros muchos que no se conocen pero se suponen, que nos ponen en una situación de desconfianza continua.

Hace un momento acabo de malemplear seis euros, no es mucho, al atender sin demasiada reflexión y confiar en una tendenciosa propaganda de mi compañía de comunicacones, Seguramente podría deshacer la operación llamando a uno de esos teléfonos de DES-atención al cliente que parece que siempre están diciendo «todos nuestros operadores están ocupados, por favor espere…»


Adición martes, 11 de abril de 2017

Desafortunadamente, los comentarios en este blog están deshabilitados. Ello es debido a unos comienzos desafortunados con comentarios fuera de tono y la imposibilidad por mi parte de moderar los mismos.

Ello no es óbice para que algunas personas, por otros medios, me hagan llegar sus comentarios a estas entradas, algunos de ellos muy enriquecedores. Con la autorización de mi buen amigo Manolo, pongo a continuación sus reflexiones acerca de este asunto tan de actualidad.
Hola, amigo Ángel Luis.
Por una vez no estoy totalmente de acuerdo con lo que manifiestas en tu blog sobre la confianza en personajes del pasado y la desconfianza total en los personajes actuales.
En el pasado no éramos críticos con las personas que nos rodeaban, bien fuesen médicos, maestros, políticos... tenían una autoridad moral con nosotros y nosotros aceptábamos que así era. Confiábamos en todo el mundo.
Lo que ocurría es que no teníamos información veraz sobre sus actuaciones, resultado de una época de dictadura en la cual no se podía pensar sobre ciertos temas. Se admitían sin más. Esa venda se nos ha caído de los ojos y hoy estamos en el polo opuesto: no confiamos en nadie.
 
Creo que una parte del problema estaba en que admitíamos la autoridad y no la cuestionábamos y por tanto no veíamos o no queríamos ver lo que pudiera haber detrás de las decisiones que nos afectaban.
Una parte también se debía al miedo, importante en la escuela con los castigos físicos que podríamos sufrir. No cuestionábamos los métodos pedagógicos de los maestros, ni se nos ocurría decir nada, ni en la clase, ni en el patio, ni en casa. "Si te ha pegado, será porque has hecho algo".
 
Ejemplos:
1 - Ir al médico hace cuarenta años, era ir a visitar a una persona que con su conocimiento nos apabullaba. Mi padre murió de cáncer de pulmón en el 83. Fuimos con él varias veces al médico ya que tenía dolores y molestias importantes durante meses y nos dijo que no tenía nada. Al cabo de un año le operaron y no pudo hacerse nada, el cáncer estaba desarrollado.
Palabra de médico.
 
2 - Mi mujer en su pueblo, como todos los niños y niñas tenían una relación cercana con el cura del pueblo. Ella como otras niñas se quejaron a sus padres de que el cura las tocaba. Los padres dijeron que eso no era posible y que eran imaginaciones suyas.
El cura era incuestionable.
 
3 - José Banús construyó el Barrio del Pilar en los años 60. Fue un gran empresario que después se hizo famoso cuando invirtió, en Puerto Banús, lo que había ganado con los emigrantes que llegaron a Madrid, al barrio que él construyó. José Banús fue parte de la quinta columna (franquistas que vivieron en Madrid en la época de la guerra civil y que pasaban información al ejército que había dado el golpe militar). Esa labor fue correspondida con el cambio de la calificación de los terrenos donde se construyó después el Barrio del Pilar, terrenos que él había comprado antes a un precio 
irrisorio: dos pesetas el metro cuadrado.
Los políticos y los empresarios eran legales.
 
Pero es un tema interesante para una charla de cascarrabias.
Lo que más me preocupa es que hoy no se salva nadie de esta desconfianza, pero que afecta en mayor grado a los más desfavorecidos que no tienen medios económicos ni mediáticos para limpiar sus actuaciones.
Hay que ver como los corruptos pagan a empresas amigas para que limpien en internet las críticas que les hacen y además envíen bulos sobre sus enemigos.
En el mundo de la mentira, el que paga más tiene mejor prensa.
Al ser todos iguales y además todos corruptos, vótame a mí que soy el que mejor miento.