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lunes, 24 de septiembre de 2012

MOMENTOS



A lo largo de la vida nos vemos inmersos en un sinfín de situaciones algunas de las cuales quedan impresos en nuestra mente para siempre. Pueden ser de diversos tipos, positivas o negativas y pertenecer a diferentes ámbitos, personal, familiar, laboral, etc. Por lo general, las positivas son efímeras y aunque se nos queden grabadas a sangre y fuego, se desvanecen como por encanto en cuanto la vida sigue su curso. No es mala cosa recordarlas de vez en cuando y conseguir revivirlas lo más diáfanamente posible para volver a disfrutar de ellos como un regalo para ver más positiva la vida

He hecho el ejercicio de recuperar cinco momentos impactantes de mi vida en el ámbito personal. Referiré dos de ellos en este post y los tres restantes en el siguiente. Nunca se puede decir que sean los mejores o intentar establecer una clasificación so pena de meternos en una espiral sin salida. Sí son de gran contenido emocional positivo que me han marcado y utilizo de vez en cuando para “recargar las pilas” que buena falta viene haciendo y cada vez de forma más frecuente en los últimos tiempos. Como he referido, hay otras de tipo familiar como cuando uno se casa, cuando nacen los hijos y situaciones afines que también son de un gran contenido emocional. En el ámbito laboral ocurren igual al empezar un nuevo trabajo, sus traslados, ascensos e incluso los cambios de empresa. Los relaciono uno detrás de otro, en un orden cronológico, no siendo este orden una prelación que pretenda, como ya he dicho, una clasificación en mejores o peores.

UNO En la primavera de 1978, un compañero de oficina que andaba metido en los cursos de patrón de yate organizó un viaje en velero de una semana por las islas Baleares. Una tarde de domingo, desde el puerto deportivo de Sitges y en el velero “Gurriato” partíamos ocho personas incluyendo el patrón pues el compañero no se atrevía con la responsabilidad a pesar de tener ya el título en el bolsillo. Nos dirigíamos “a toda vela” hacia Mallorca, donde arribamos tras una travesía de veinticuatro horas en la que hubo que tirar de motor en bastantes ocasiones debido a la escasez de viento. Tras un día recalados en Pollensa, se decidió hacer la travesía hasta Menorca durante la noche. Ya habíamos adquirido cierta destreza en el manejo del timón y en la gobernabilidad del barco cuando las condiciones eran estables y podíamos capitanear consultando la brújula y atisbando los catavientos para mantener hinchada la vela. Me tocó un turno en mitad de la noche, el de tres a cuatro. Mientras los demás dormían y el barco navegaba ligeramente escorado con bastante viento portante, una manada de delfines se puso a ambos costados durante un buen trecho haciéndome compañía en mi soledad con sus preciosas cabriolas y saltos. Hay que decir que era noche de luna llena por lo que veía perfectamente a los delfines, en muchos momentos recortados sobre la estela de la luna reflejada en el mar. Para completar la belleza del cuadro, el viento se colaba por la botavara de aluminio produciendo una musiquilla como de flauta y silbidos que configuraron una escena para no olvidar que persistió durante algunos minutos inundando mi espíritu de paz y tranquilidad.

DOS Transcurría septiembre de 1972. Durante mis estudios de C.O.U. el curso anterior estuve preparando de forma autodidacta las oposiciones a banca, porque no veía muy claro el poder cursar estudios universitarios teniendo en cuenta la situación económica familiar, en la que cuatro hermanos y una abuela además de mi madre nos encargábamos de hacer humo los dos sueldos de mi padre, único laborante en la casa, como cartero urbano por las mañanas y administrativo en una empresa de jardinería y luego de construcción por las tardes. A pesar de sus alientos y de estar matriculado en Arquitectura, a principios de septiembre realicé oposiciones, muy masivas ellas en proporción a las plazas, en Banesto y la entonces Caja de Ahorros y Monte de Piedad de Madrid. No albergaba muchas esperanzas cuando un día, durante la comida del mediodía, que realizábamos toda la familia unida, el director de la sucursal de la Caja, Dn. Andrés Pascual, que fallecería poco después, se presentó en casa para darnos la noticia de que me había sido asignada la plaza buscada, felicitándonos efusivamente a mi padre y a mí y dándonos las indicaciones para, al día siguiente si era posible, presentarme en el departamento de personal al objeto realizar todos los trámites para mi inmediata incorporación a una oficina como administrativo. La sensación de alegría se unió a una cierta tristeza porque en ese momento y por el momento se habían abortado mis estudios universitarios.

Continuará …