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sábado, 13 de junio de 2015

DINERO



Cada vez es más frecuente presenciar situaciones que me resisto con todas mis fuerzas a considerar como normales. En esta misma semana he visto en el supermercado del barrio abonar el importe de una barra de pan y un litro de leche, menos de dos euros, mediante una tarjeta de crédito. Ni tanto ni tan calvo. Hay muchos comercios en los que se ha establecido un importe mínimo para que los clientes puedan tirar de tarjeta, así como conozco algunos, pocos bien es verdad, que no las admiten y funcionan con el dinero contante y sonante.

Con hechos como el descrito anteriormente no es de extrañar que algunos países avanzados, Dinamarca por ejemplo, hayan planteado recientemente el eliminar de forma radical el dinero físico, billetes y monedas, y obligar a todo quisque o quisqui a utilizar las tarjetas de crédito hasta para tomarse un café o comprar el periódico. Es indudable que la medida está pensada de forma que se favorece a unos pocos y se perjudica a la mayoría, pero eso es algo a lo que tenemos que irnos acostumbrando, porque los parámetros que utilizan los que toman las decisiones están por lo general lejos de ser entendidos por los humanos corrientes.

Ciertas peloteras frecuentes, como las que tienen los usuarios de los autobuses cuando intentan pagar un trayecto de tres euros con un billete de veinte, dejarían de producirse, así como las derivadas de posibles robos o la obligación de los conductores de hacer la liquidación y entregar el efectivo resultante al final de su jornada. Andar con dinero contante y sonante no es bueno y en la mayoría de los sitios prefieren las transacciones electrónicas, pues todo queda registrado aunque a cambio se abone la correspondiente comisión, que ya se encargan de trasladar a los clientes. Otra ventaja que se me ocurre sería la lucha contra los falsificadores pero como desventaja grande nos tendrían localizados en todo momento, cosa que ya es efectiva a través de los teléfonos móviles pero las transacciones monetarias añadirían nuevos e ilimitados datos sobre nuestros horarios y nuestros gustos y preferencias. Por cierto, los niños y adolescentes deberían disponer también de su correspondiente tarjeta para poder comprar sus golosinas...

Las usemos o no, no nos escapamos a llevar en el bolso o en la cartera el llamado dinero de plástico: una o varias tarjetas de débito o crédito. Ya hacíamos referencia a ellas en una de las primeras entradas de este blog, más de siete años ha, titulada TARJETAS. Las apreciaciones plasmadas entonces siguen vigentes y aunque han cambiado algunas cosas, la esencia de lo manifestado sigue en vigor. Algunas tarjetas han incorporado chip y mejorado la seguridad, pero no nos creamos que esto es infalible: ni todos los comercios tienen terminales lectores ni la seguridad es total. Al igual que hace años era difícil grabar y trucar las bandas magnéticas de las tarjetas, hoy en día lo es para manipular los chips, pero menos de lo que nos pensamos y tiempo al tiempo, y si no que se lo digan a algunos expendedores de «chuches» y bebidas en máquinas automáticas que no saben cómo les desaparecen los donuts y las coca colas sin traducirse en los correspondientes dineros.

Vienen todas estas reflexiones a cuento de lanzar una pregunta: ¿estamos preparados para una pérdida o robo de nuestras tarjetas? ¿Sabemos lo que hay que hacer? ¿Tenemos a mano los teléfonos de nuestros bancos y los números de las tarjetas? Hace años proliferaron algunas empresas que por una módica cantidad daban este servicio, pero pocos se confiaron en suministrarles todos sus datos para un por si acaso les necesitásemos: centralizar es bueno pero también tiene sus riesgos.

Esta semana he estado revisando mi particular acción para soslayar este asunto. Y conste que en una ocasión y por no estar a lo que estaba, me dejé olvidada la tarjeta en un cajero y me vino de perlas lo que a continuación voy a comentar para anular la tarjeta de forma rápida.

EL sistema es sencillo: llevar anotados los teléfonos a los que hay que llamar de los diferentes bancos y los números de las tarjetas. Lo de los teléfonos no tiene problema, aunque hay que revisarlos de vez en cuando, ya que aunque no suelen cambiar, pudiera darse el caso y no está de más ponerse una tarea rutinaria de probarlos mediante una llamada efectiva y real para ver que siguen en activo y son válidos. Otra cuestión son los números de las tarjetas: llevarlos apuntados y todos juntitos no parece una buena práctica. Normalmente no hace falta porque las entidades bancarias tienen la posibilidad de «buscarnos» por nuestro nombre, documento de identidad, domicilio u otros datos, amén de que a la hora de anular una tarjeta no andan remisos y a la mínima la dan el cerrojazo, que es mejor prevenir que luego curar. Aun así yo prefiero llevar los números anotados, pero no a las claras sino con un algoritmo que yo solo conozco y que me permite reconstruirlos por si tuviera que facilitarlos en una llamada.

Pero, estará Vd. pensando y con razón… ¿y donde llevamos el dichoso papelito o lo que sea con los teléfonos y los números de las tarjetas? La cartera no es buen sitio, porque si la perdemos o nos la roban nos quedamos sin las tarjetas y sin el papelito. Antiguamente yo usaba unos relojes conocidos como DATA BANK que permitían llevan anotaciones, pero que parece que han sucumbido por las infinitas posibilidades que hoy en día tienen los teléfonos móviles. He aquí una sugerencia: además de en la cartera, por si solo perdemos una, en el teléfono podemos alojar estos datos de forma segura e incluso una imagen del papelito camuflada en algún contacto, que son otro punto de poner datos algo cifrados y que solo nosotros podemos conocer. Otros puntos podrían ser el fondo del maletero del coche, entre las bombillas de repuesto, darle el papelito a un familiar para que lo lleve él y podamos recurrir en caso de problema… Las posibilidades son enormes y solo hay que desarrollar un poco el magín para encontrar alguna solución satisfactoria.

Lo mejor es estar preparados y, como con los seguros, pagarlos y que no hagan falta, pero no es de recibo que una situación de robo o pérdida, esas que pasan a los demás y nunca a nosotros, nos sorprenda y nos quedemos con cara de haba sin saber qué hacer. Y si no estamos preparados, ojo con las prisas y la improvisación. Si vamos a internet a buscar el teléfono al que llamar para anular una tarjeta nos pueden aparecer páginas web como la que vemos en la imagen que acompaña esta entrada: suplantación, un teléfono 807 de sacarnos-los-cuartos y encima corremos el peligro de entregar nuestros datos a no sé sabe quién en un momento de confusión y prisa.

Prevención, prevención y prevención. No hay otro sistema.