Buscar este blog

domingo, 3 de enero de 2016

RECLAMOS




Los anuncios publicitarios nos acosan por todas partes. Podría admitir que en algunos casos son necesarios, pues contribuyen al mantenimiento de los medios y tenemos que tener claro que las cosas cuestan dinero y si se nos ofrecen de forma gratuita es porque alguien de alguna forma está aportando las cantidades necesarias. Habría muchos ejemplos pero por acercarme a uno moderno de actualidad podríamos mencionar las aplicaciones para teléfonos móviles, ya que muchas de ellas se ofrecen de forma gratuita con anuncios aunque siempre podemos comprarlas y evitar la publicidad.

Como ya he dejado traslucir en algunas entradas de este blog a lo largo de más de siete años, — ANUNCIOS, PROPAGANDA o PUBLICIDAD —, el mundo de los anuncios y yo estamos un poco enfrentados. Admitiendo que son necesarios, procuro tenerlos lejos, entre otras cosas por lo machacones y repetitivos que son y además porque al estar dirigidos a un público en general, mucho me temo que en numerosas ocasiones mi persona no se encuentra encuadrada entre ese público. 

Cuestiones personales, no es otra cosa, pues prefiero tomar mis decisiones y no dejar que me coman el coco con anuncios muy bien hechos, los anuncios, pero que ofertan cosas que luego pudieran no ser como las pintan. Recuerdo magníficos anuncios de Renfe realizados por empresas que saben hacer muy bien su trabajo y que en mi modo de ver las cosas servían para mantener engañada a una gran parte de la ciudadanía, precisamente a la que no utilizaba los servicios ofertados. Solo los que vivían y sufrían en carnes propias los servicios podían decidir si el anuncio era acertado o engañoso; para el resto de la ciudadanía, la empresa funcionaba a las mil maravillas pues se dejaban convencer por unos magníficos anuncios perfectamente concebidos y realizados.

Esta semana, el miércoles por aquello de que es más barato y haciendo una excepción por las fechas en las que estamos, fui a ver una película al cine. Supongo que las salas de cine se ven abarrotadas este día y aprovechan para extender unas prácticas que no me gustan, aunque tendría que volver un día normal a ver la misma película en la misma sala para poder comparar.

Pero como el aventurar es gratis y yo puedo tomar mis propias decisiones y atenerme a ellas, digo que lo ocurrido no me gusta. La función estaba prevista a las 18:40. Me gusta llegar con tiempo a los sitios, especialmente a cines y teatros con localidades numeradas por aquello de encontrar tu sitio con tranquilidad, máxime cuando los antiguos acomodadores hace ya muchos años que desaparecieron. Pues bien, hasta las 18:35, cinco minutos antes por lo tanto, no abrieron el acceso, que tiene algunos momentos de lentitud porque la gente lleva las entradas en miles de formatos: las de la propia taquilla, las de las máquinas expendedoras, las impresas en casa compradas por internet e incluso, lo que es mi caso, en el móvil directamente por aquello del ahorro de papel. He acabado sucumbiendo a confiar en este sistema aunque por aquello de la seguridad y la posibilidad de que el móvil no funcione las lleva también mi hija o mi mujer e el suyo. Toda precaución es poca.

Hasta aquí todo aceptable aunque justo a las 18:40 todavía estaba entrando gente cuando las luces se atenuaron dejando el cine en penumbra, lo que dificultaba el acceso a los sitios de cada cual con la consiguiente molestia para las personas que ya estábamos correctamente sentadas.

Y ahí empezó lo bueno, algunos tráilers de películas de futura exhibición en el cine pero MUCHOS anuncios comerciales, uno detrás de otro. Reconozco que aproveché para echar un vistazo al twitter y al correo en el teléfono. Fueron, medidos, dieciséis minutos de continua sucesión de publicidad que me fue proyectada en contra de mi voluntad y en una función cuya entrada había pagado religiosamente. Vamos, que pagar por ver anuncios es algo que ya excede de mis planteamientos. La película, lo que realmente yo iba a ver, dio comienzo a las 18:56, dieciséis minutos más tarde de lo inicialmente planteado. Yo estaría dispuesto a pagar diez o veinte céntimos más por la entrada y ahorrarme esos quince minutos de machaque.

Ahora queda pensar si las personas que llegan tarde a las sesiones lo hacen deliberadamente porque conocen estas prácticas y no quieren tragarse los anuncios, una posibilidad que voy a contemplar yo para mis futuras asistencias.